La traición

Tetsuo salió de una casa de té una noche oscura y cálida. Era agosto y se había excedido con el sake. El miedo que imprimía la lúgubre y mortecina luz lunar era más fuerte que el alcohol y el ímpetu por llegar con las medicinas a casa de su prometida Keiko, que estaba muy enferma.

La senda estaba adornada con farolillos que indicaban el camino a las almas de los difuntos. El joven temblaba, empujado por el valor que le infundían los escudos de su familia bordados en su kimono. Poco después, una mujer se cruzó ante sus ojos. Era bella, con una belleza casi sobrenatural, como la diosa Amaterasu. Llevaba la mitad del rostro cubierta por un velo de seda opaca. Tetsuo le habló así: «¿Buena noche para pasear, ¿verdad?». Ella no dijo nada y prosiguió su camino. Él se detuvo, dio media vuelta y comenzó a seguirla en el sentido contrario de su cometido.

La mujer jamás se giró y miraba al frente, como si supiese realmente hacia donde se dirigía. Tetsuo la siguió durante horas, hasta llegar a un paraje solitario y desierto. Al llegar a este lugar, ella se descubrió el rostro completamente. Era Keiko, su prometida. Antes de desvanecerse, le preguntó a su prometido: «¿Por qué me has traicionado, Tetsuo?». Él se quedó helado, en silencio. No tenía ni lágrimas, del frío que comenzó a sentir. Volvió aterrorizado y tambaleándose a su casa. Se quedó tirado sobre el tatami de su alcoba.

Por la mañana, encontraron su cuerpo petrificado y frío como el mármol. Había muerto de la misma enfermedad que su prometida, aunque mucho más rápido, extrañamente.

Tetsuo y Keiko están enterrados en el mismo lugar a día de hoy.

Relato 15

Estamos en 1856 en Inglaterra. Una lluviosa tarde de octubre, concretamente del treinta de octubre de 1856.
La gente salía de la pastelería con sus caras sonrosadas. Yo era un crío por aquel entonces; uno lleno de suciedad y hollín, era deshollinador.
En Londres limpiar chimeneas era un trabajo bastante mal pagado, pero daba algún beneficio para comprar alguna chuchería.
A mí me encantaba ir a la pastelería y llevarme un pastelito. No me llegaba para dos, ya que tenía que pagar a mi empleador; un huraño viejo que lo único que me dejaba a mí eran unos pocos chelines.
Entonces entré en la pastelería y le pedí un pastelito al dependiente. Él me dio un pastelito, pero lo dejó en el mostrador y lo agarraba aún. Con la otra mano me reclamaba el dinero pertinente. Yo saqué los pocos chelines que llevaba y entonces él me dijo:
—Son dos peniques. Si no tienes más, niño sarnoso, mejor que no vuelvas por aquí, hasta que tengas para comprar este mísero pastelito.—su sonrisa era la de un psicópata.

—Señor, es lo único que tengo. Antes…

—He subido los precios. El negocio no va muy bien desde que abrieron una nueva pastelería en el barrio. Así que me he visto obligado a subir los precios, mocoso.

—Pero, señor, estoy hambriento, hace frío y tan sólo soy un niño. Por favor, tenga piedad.

—Lo siento.—me dijo mientras me hacía ademán con la mano derecha y me señalaba la puerta.—¡Largo de aquí, niño pobre asqueroso!

Fuera seguía lloviendo y el frío insistía en agrietar todos los huesos de mi endeble cuerpo,—como si de una banda de mineros se tratara—, comenzó a picar en ellos. Tuve que ocultarme, tenía que resguardarme de aquel terrible frío, y vi de repente una trampilla abierta. Me metí. Ya dentro, vi que era una casa bastante bonita, lujosa, muy lujosa, quizás de alguien sumamente más importante que yo y que muchos señores de Londres a los que había limpiado sus chimeneas, y por supuesto más que ese señor alto, delgado y relamido de la pastelería.
No había nadie. Entonces pude fijarme en uno y cada uno de los detalles con total tranquilidad. La casa era muy espaciosa decorada con alfombras de Kachemira, en ese momento no sabía que era, pero me parecieron preciosas y también me lo parecieron sus motivos. Había también una biblioteca enorme en la que se podían observar muchos libros de los grandes autores británicos así como también, de otros países más lejanos como Rusia. Al menos conocía, de haberlos visto en las librerías, a Charles Dickens, Coleridge y a Theodore Hook.
Me senté en una butaca cómoda, en frente ardía el hogar y el agradable calor penetró en los agujeros de mis botas de cinco peniques usadas por algún niño que, ahora estaba muerto; seguramente, por culpa de la escarlatina o una pulmonía. Me acomodé y me quedé dormido.

Unas horas después escuché una puerta que se abría, pero ya no lograba si era parte de un sueño o era parte de lo que estaba sucediendo en la realidad. Hice caso omiso y proseguí con mis sueños. Poco después una mano enfundada en cuero me acarició los cabellos, y, me desperté súbitamente. Un hombre mayor,  de unos sesenta y pocos estaba apoyado sobre el respaldo y me miraba con ternura. Yo estaba en guardia, y mi cara era la de un niño asustado.

El hombre mayor se puso en pie, se desprendió de su sombrero de copa, de sus guantes y de su capa. Finalmente se quitó el abrigo y lo puso en el perchero junto con la bufanda y las otras cosas, y me habló:

—He visto lo que te hizo ese pastelero y… Verás, yo también fui un niño y sé lo que le gusta  a los niños, de hecho, fui un niño  pobre; sí, como tú. —se sentó en la butaca que había enfrentada a la mía y lanzó un suspiro que casi apaga el fuego del hogar, luego prosiguió:— Comprendo que no lo creerás, pero yo también fui deshollinador y créeme, muchos días no tuve que llevarme a la boca.

Le miré con atención mientras el seguía contando su triste historia.

—Hasta que un día, me sucedió algo inesperado, un hombre mayor me acogió en su casa, en esta que ves. Y no sólo hizo eso, sino que también me proporcionó una educación y me abrió las puertas que hasta entonces estaban cerradas a cal y canto para mí, y yo quiero hacer lo mismo por ti.

—Yo sólo quiero comer pasteles.—le dije sin pestañear.— Soy adicto al azúcar y eso es todo. Necesito comer azúcar a todas horas. ¿Quiere usted hacerse cargo de un enfermo como yo?

—Bueno, si es azúcar lo que quieres… No tendré problemas en proporcionarte azúcar.

—Entonces me quedo, pero le advierto que soy insaciable.

El viejo me sonrió y yo le devolví la sonrisa con una invitación a estrechar mi mano. Él aceptó el trato y todo lo que ello significaba.

Pasaron los días. Yo ya estaba instalado en la casa, y cada día recibía mis dosis de azúcar, tal y como si de una mosca me tratara. El viejo era un hombre de palabra y nunca me faltaba azúcar, ya fuera en forma de pastel, galletas, bombones, cualquier cosa que llevase azúcar sería bien recibida.

Un mes después, el viejo me llevó a la pastelería que una tarde del treinta de octubre visité. El dependiente no me reconoció al verme, con mi chaqueta limpia, mis pantalones nuevos, mis cabellos rubios y mi cara limpia, blanca como el mármol con dos manchas rojas de salud.

—¡Buenos días! ¿En qué puedo servirles?

—Azúcar.—dije inmediatamente.

—¿Azúcar?—preguntó con extrañeza el dependiente.

—Quiero la tienda entera. ¡Azúcar, azúcar, azúcar. azúcar, azúcar, azúcar, azúcar, azúcar…!

—Pero…—dijo el dependiente nervioso.

Comencé a coger pasteles y a comerlos sin control. La tienda se convirtió en poco tiempo en un nido de migajas y las paredes comenzaron a quedar cubiertas de mis chocolatosas huellas dactilares.
Mi estómago no tenía fondo y poco a poco se fue inflando más y más. Bueno, es que no tenía fin. Era mi obsesión. Mi estómago no lo sabía, él no podía decir basta, porque mi cerebro descontrolado no podía detenerse.
El viejo observaba con regocijo mi masacre en la pastelería. No dejé ni una sola magdalena con su envoltorio. Mis ropas limpias estaban ahora dulcemente sucias.
Mi glotonería era máxima, y mi estómago seguía creciendo y creciendo. Ya no podía tenerme en pie. Me tiré en el suelo y le ordené al dependiente que me lanzase los bombones. Y así lo hizo. Uno a uno fueron a parar a mis carrillos que, ahora estaban hinchados como los de un hámster o una ardilla.
Mi pantalón comenzó a ceder y el botón salió disparado. Mi barriga seguía creciendo sin pausa y todavía quedaban confites.
El viejo me miraba con curiosidad en sus ojos y alegría en sus labios. Realmente, aquella era una dulce venganza.
Finalmente, sucedió. Al dependiente comenzó a dolerle el pecho y cayó alto como era y dio con la cara en un pastel de nupcias. Murió; sí.

Él murió y yo eructé.

—Buen provecho, pequeño Thomas. —me dijo el viejo con una amplia sonrisa.

—Gracias, abuelo. —dije con la boca llena.

Microrrelato 2

Tengo una botella de amor que no uso apenas, la tengo olvidada en una estantería sucia y polvorienta. Dice en la etiqueta: «Usar con cuidado, dos veces o más, si se desea». Yo no la he usado ninguna, esa es mi certeza. Tengo una botella de tristeza que uso a menudo. La tengo medio vacía de tanto uso, pero la relleno siempre que puedo con las lágrimas de algún iluso. Ésta sí que es venerada por mí y no la tengo escondida, pero sólo la uso yo, esa es mi vida. Tengo una botella de felicidad que nunca he encontrado. Nunca la he abierto, pues nunca la he visto. Y nunca la he probado, pues nunca la he tenido entre mis dedos, esa es mi realidad. Tengo una botella que no tiene etiqueta alguna. No sé qué sentimiento encierra, pero desde que la pruebo, ya nunca más he sentido angustia ni pena ni dolor, no sé qué es, esa es mi salvación. Igual encierra veneno y no sentimientos. Igual me está matando y no lo sé. Pero la realidad es que mi vida, y es una certeza, ya está envenenada de alguna manera, así que seguiré probando sus mieles, al fin y al cabo, ¿qué más puedo perder?

Relato Japonés 1

Yoshio caminaba solo bajo la inerte mirada de una luna de agosto que amenazaba con sus grandes cuencas, tal si fuera un cráneo. Iba canturreando alguna canción infantil, pero del miedo que arrastraba, no se le entendía la mitad.

Siguió el largo camino que iba desde su casa al lado de los arrozales hasta el cementerio de Nakashima, lugar que llevaba abandonado desde que dejaron de enterrar cuerpos después de la última guerra.

Yoshio no sabía bien hacia dónde iba, lo hacía guiado por un instinto inequívoco que tarde o temprano le acabaría fallando, pero de momento le era bastante efectivo. Sin embargo, un miedo aterrador a pasar por al lado del cementerio, le comenzaba a dar ganas de volverse para atrás, ahora que aún podía. Pero algo más fuerte o como llamado por algún espíritu embelesador, Yoshio siguió su camino hacia el templo abandonado donde había quedado con su novia; a la que no podía ver durante el día por discrepancias y diferencias entre los Maeda y las familia de Yoshio, los Saotome. Él no soportaba eso, y siempre quedaba furtivamente para verla, pero ésta vez, en otro lugar.

Yoshio con una mezcla de curiosidad y miedo siguió su camino casi sin inmutarse, hasta que, cerca de un puente, concretamente casi a la entrada de éste, le pareció vislumbrar lo que parecía ser una linterna china, la linterna se movía y se aproximaba irremediablemente hacia Yoshio que, comenzó a pensar en que alguien sabía de sus encuentros con Tamae, la hija del señor Maeda. «Quizás sea un Ronin que busca fortuna obteniendo mi cabeza», pensó, pero no, la luz se fue acercando cada vez más a él, hasta que logró distinguir entre la numerosa oscuridad del camino, la figura de una mujer ataviada con un kimono de color blanco y retazos de azul en forma de azucenas.

La misteriosa dama se acercó a él, portaba también una sombrilla china de preciosa factura. Él se quedó absorto ante la belleza de aquella mujer y, por un momento, se olvidó completamente de la dulce Tamae. Aquella mujer era un trozo de nieve con la forma perfecta. La mujer se acercó a Yoshio y le habló así:

—Una bonita noche para pasear, ¿verdad?

—La verdad, yo no estoy paseando, voy camino del viejo templo.

—Ah, qué casualidad, ¡yo también voy allí! Pero antes debo hacer una visita a mis padres que están enterrados en el cementerio de Nakashima. ¿Sería tan amable de acompañarme?

Yoshio se quedó pensativo unos instantes antes de contestar a aquella misteriosa mujer, pero sin dudarlo ni un momento, quizás embaucado por sus numerosos encantos, acabó contestando:

—Sí, la acompañaré. No es la mejor noche para que una señorita como usted vaya sola por estos parajes.

—Oh, muchas gracias, es muy amable. Mi nombre es Sora, ¿el suyo es?

—Yoshio, mi nombre es Yoshio.—contestó con algo de torpeza.

—Yoshio, qué nombre tan poderoso. Bien, acompáñeme, será un momento.

Yoshio acompañó a la misteriosa mujer de la que ahora ya sabía el nombre, Sora. Sonaba tan bien en aquellos labios tan perfectamente alineados, con aquellas comisuras tan discretas pero a la vez graciosas. Ya se había olvidado por completo de Tamae, aquella mujer era un regalo de los dioses, y se lo habían enviado una noche calurosa de agosto.

Yoshio iba delante de Sora con la frente muy alta y cogido de su mano. Sora era una dama delicada e iba a paso lento aunque seguro.

Pasaron con mucho por todos los lugares que circundaban el camino abrupto que llevaba al cementerio de Nakashima. No le pareció raro en ningún momento que la dama tuviese enterrados a sus padres en un cementerio que hacía dos siglos que no se usaba.

Llegaron a la altura del camino desconsolado que llevaba al cementerio y allí Sora le dijo algo:

—Debo entrar sola, se quedará justo detrás de esa tumba y me esperará hasta que termine de rezar por mis difuntos padres, ¿de acuerdo?

—Sí, así lo haré.

—Es muy importante que no entre para nada, por favor, es sumamente importante. ¿Me lo promete con su vida?

—Se lo prometo. No entraré para nada en el cementerio.

—Así lo espero.—dijo Sora con un tono muy serio y se fue adentrando en la oscuridad del cementerio.

Yoshio se quedó detrás de una tumba a la espera de que Sora volviese, y esperó, y esperó, pero Sora no volvía. «¿Habrá ocurrido algo?», se preguntó en voz poco audible. Se quedó esperando durante bastante tiempo, pero Sora no volvía. Yoshio no podía romper aquel juramento, se lo había prometido a la misteriosa mujer de nombre Sora. Decidió esperar un poco más.

Al final se cansó de esperar y entró en el cementerio casi sin esperar nada, casi sin pensar en nada; solamente pensaba en Sora, y Tamae Maeda ya era un vago recuerdo, ya ni siquiera recordaba haber amado a esa muchacha de ojos negros; ya sólo tenía ojos para Sora.

Yoshio más obsesionado por Sora que otra cosa, entró en el cementerio realmente convencido de que a Sora le había pasado algo, pero todo lo que el pensaba, eran meras ideas erróneas en su cabeza que, ahora sólo pensaba en Sora. Sora ocupaba todos sus pensamientos. Sora se había convertido en todo lo deseaba y anhelaba en su vida, y se fue en busca de aquello que realmente quería poseer. «¿Quién era Tamae Maeda?, ¿mi prima de Gifu, quizás?», se preguntaba entre paso y paso que daba, que le acercaban más y más a donde su amada estaría rezando por el alma de sus padres, seguramente.

Al fin llegó, pero lo que vio le congeló la sangre y seguramente le hizo perder toda esperanza de salir del cementerio de Nakashima vivo. Había tres tumbas, Sora estaba arrodillada frente a la tumba más pequeña, la que ponía precisamente en kanjis bastante visibles, SORA. Yoshio se quedó petrificado en el acto, y Sora habló con una voz que no era humana, una voz que se asemejaba al canto de una sirena furiosa:

—¡No deberías haberlo hecho. No deberías haber entrado en el cementerio. Me lo prometiste, y lo prometiste con tu vida. Pero todos los hombres mortales sois iguales. Prometéis el cielo en la tierra, aun sabiendo que eso no es posible. Pues bien, ahora tu vida me pertenece, incauto y curioso mortal!

Sora se acercó a él y en un arrebato de furia todo su cuerpo se iluminó con una mortal luz azul que iluminó todo el cementerio por un momento. Los onibi de todas las tumbas rodearon a Yoshio, que se fue quedando sin energía y se fue marchitando progresivamente, hasta que finalmente desfalleció y cayó al suelo como si fuese una figurita de papel.

Sora se acercó a él y le dijo: «Al menos tendrás un bonito recuerdo de mí, pero ya no volverás a ser el mismo», en el momento de decir estas palabras, la misteriosa muchacha dejó en su mano derecha una pequeña pelota temari y desapareció.

Yoshio, que había envejecido cien años de golpe, no vivió mucho tiempo, pero tuvo tiempo de contar la historia a un joven campesino que la fue pasando de generación en generación. Y desde entonces, siempre que alguien se encuentra con la mujer del kimono blanco con azucenas azules, ni le devuelve el saludo, ni la acompaña a rezar por el alma de sus padres. Y si alguien lo hiciera, lo mejor que podría hacer, es obedecer las advertencias de Sora, quizás así y sólo así, acabe rompiendo la maldición que pesa sobre ella.

Relato 14

Otro día de duro trabajo en la oficina. Otro día que comienza, pero que ya comienza mal. La escalera está precintada, y no me queda más remedio que subir hasta el piso ochenta y uno en ascensor.
No me gustan los ascensores, parecen cajas de zapatos que contienen gusanos. Los gusanos son las personas.
No es que odie los ascensores, en realidad les tengo pánico desde que era un renacuajo, y eso ya no se puede curar. Tampoco lo he intentado. Paso de gastarme el dinero en terapias que no llevan a ninguna parte, y paso de ir a psicólogos que me van a cobrar la cuarta parte de lo que gano trabajando en una oficina para cuatro chupasangres. Con unos que me chupen la sangre, creo que es más que suficiente.
Por eso no me lo he planteado nunca. Siempre he optado por subir las escaleras y hacer ejercicio, aunque tuviese que llegar un poco antes. Pero hoy no hay escaleras, no.

Le doy al botón con más miedo que vergüenza, y se acerca una chica y le da al mismo botón otra vez.
Escucho el zumbido del ingenio infernal y comienzo a ponerme inquieto. La chica me mira sin saber qué decir, y de repente se abren las puertas ante nosotros.
Como soy un caballero, dejo a la chica que entre en primer lugar. Entra, y después entro yo mirando a uno y a otro lado, con los ojos muy abiertos y comprobando que puede aguantar todo mi peso.
Después de eso, la chica me mira con cara de circunstancia y baja la mirada casi hasta el suelo, y porque no puede más…
Ella aprieta el botón del piso diez, y el cacharro cierra las puertas y comienza su ascenso.
Al cerrarse las puertas, algo comienza a golpearme en el estómago, en la boca concretamente. Yo comienzo a aflojarme la corbata y a sudar como un marrano, tanto es así que la chica comienza a apartarse todo lo que puede de mí.
Van pasando los pisos, y la chica llega al suyo; ni siquiera se despide, ni siquiera me desea que tenga un buen día. Se va y me quedo, ahora sí: solo.

Llega el fatídico momento. Se cierran las puertas, la luz del fluorescente titila. Mi sensación es cada vez de más angustia.
Me quito la corbata y la tiro al suelo. Aprieto el botón ochenta y uno, y comienzo a subir, igual que sube mi estómago.
Tiemblo, estoy temblando. Y comienza a parecer que todo tiembla a mi alrededor. Parece como si aquello fuese a caer en cualquier momento. Y, de ser así, moriría compactado como las sardinas de una lata de conservas. Qué muerte tan horrorosa, pienso.
Van sucediéndose los pisos y cada vez estoy peor. Cada vez distingo menos lo que es real de lo que es producto de mi imaginación, de mi maligna imaginación, que ahora me está jugando una mala pasada.
Piso treinta y cuatro, ya no tengo pantalones. Estoy en ropa interior. Hace demasiado calor. Alguien debería poner el aire acondicionado, pienso.
Piso cuarenta y cinco, cada vez estoy más desnudo. Mi camisa yace en el suelo, arrugada, pisoteada por los nervios y llena de manchas de sudor. Mi mente comienza a trabajar en mi contra. Ahora tengo un acompañante.
El tipo me mira de arriba abajo, y comienza a reír a carcajadas, y me dice: «Vas a morir». Yo me quedo sin palabras, porque no sé de dónde ha salido ese tipo. Si no he parado desde que se fue la chica, pienso.
Cada vez estoy peor, ya me subo por las paredes, busco salidas que no hay y comienzo a sudar de tal forma que temo deshidratarme en cualquier momento. Estoy en el piso sesenta y uno y el tipo saca una pistola y me dice: «Quítate los calzoncillos, muy despacio». ¿Qué otra cosa podría hacer?, obedezco. Me los quito despacio y los dejo sobre el suelo con ayuda de mis pies. El tipo parece satisfecho y guarda el arma.
Llegamos al piso setenta, y el tipo se evapora. Estoy desnudo completamente, y mi ropa ya no está, «¿se la ha llevado ese tipo?», me pregunto. Comienzo a sentirme no sólo nervioso, angustiado, sino también aterrado. ¿Qué está pasando?, me pregunto una y otra vez hasta la extenuación. «Esto no es real», digo para mí mismo. «Esto no puede ser real», me digo en voz que escucho, pero que no parece la mía.
Sueno tan raro que comienzo a verme diferente en el espejo, no me veo yo, veo al tipo.
Comienzo a golpear el espejo con ambas manos cerradas, y no consigo otra cosa que hacerme mucho daño, mis manos sangran, y comienzo a maldecir al ascensor, a ese tipo, a todos y a ninguno, estoy muy fuera de mí. Prosigo con los golpes, y ahora uso los pies, me rompo uno de ellos.
Con mucho trabajo me pongo en pie de nuevo, y finalmente uso mi cabeza como un ariete, pensando que, así, conseguiré abrir un agujero y saldré de aquel infierno, pero no.
Comienzo a escuchar carcajadas y todo me da vueltas. La sangre brota de la brecha de mi cabeza. Una sonora carcajada sale de alguna parte, entonces lo veo, el tipo que sacó el arma se está riendo de mí, y me dice: «Te lo dije, vas a morir».
Todo me da vueltas, el charco de sangre me hace resbalar y caigo. Me golpeo en la cabeza, y poco a poco se va apagando la luz del fluorescente. Ya no titila, ya no tiembla, todo se vuelve oscuro a mi alrededor.
Se abren las puertas, he llegado. Escucho gritos, pero no son los míos, parecen difusos, se alejan, igual que me alejo yo.

Relato 13

Veamos…
Estoy aquí. ¿Qué es aquí? Lo que no es allí, supongo.
Espero. Sí, espero. ¿Qué espero?, os preguntaréis. Espero porque tengo paciencia, y tener paciencia es una virtud. No todo el mundo la tiene, y muchos no saben ni lo que es, verdad.

Bien, espero y estoy aquí, en una habitación sin ventanas, con dos jarrones horribles y solo, completamente solo.
Estoy sentado en una incómoda “butaca” (si es que se le puede llamar así).
Comienzo a moverme nerviosamente a un lado y a otro de esa especie de mueble sueco, no sé por qué, pero estoy comenzando a sudar y me tiemblan las manos.
El temblor se va extendiendo a todo el brazo, y la sensación es que no puedo parar de moverme en ese asiento, no. La sensación es angustiosa. Temo por mi vida.
Las paredes comienzan a moverse. Entonces decido cerrar los ojos. Cuando era niño y algo me asustaba, siempre lo hacía.
Cierro con fuerza mis párpados y pienso en aquellos maravillosos pasteles de queso que hacía mi madre; incluso puedo sentir el aroma, el dulce olor azucarado en el asfixiante cubículo en el que he sido confinado, sí. Mi madre se acerca a mí y me ofrece un trozo, yo acepto. No quiero volver a la realidad, no quiero abrir los ojos y ver aquel horror que se cierne sobre mí, como si de un ave rapaz se tratara y yo fuese el incauto roedor que sale de su madriguera.

Como aquel trozo de pastel de queso con cuidado de no atragantarme, lentamente. Todo con tal de no volver a ver aquella horrible visión, pero algo se vuelve contra mí. Mi madre me quita el pastel de queso de un manotazo y me dice: «¡Me avergüenzo de tener un hijo como tú! Eres estúpido. Eres lento. Eres un tarado. Y ojalá no hubieses nacido nunca. ¡Ojalá estuvieses muerto!». Entonces dejo aquella ensoñación y, casi sin quererlo —porque no quería abrir mis ojos, los de otro quizás; los míos no—, abro los ojos súbitamente, y vi que las paredes ya no eran paredes y que no estaban donde debían estar, sino a dos palmos de mí. Ahora tenía enfrente la pared que antes estaba a unos veinte metros, la tenía delante de mis narices.

Comienzo a arrastrarme por el suelo en un intento inútil de escapar, quizá lo logre. Repto cual gusano por aquel suelo que se me asemeja a la base de un ataúd. Empiezo a moverme más y más, ahora ya no puedo seguir adelante, pero tampoco puedo volver a la butaca, porque ha desaparecido completamente, y con ella los dos jarrones de porcelana blanca.
Estoy atrapado, atrapado, no puedo avanzar ni hacia adelante ni hacia atrás, no, no, no, no… me lamento. Entonces lo veo claro y vuelvo a cerrar los ojos, pero esta vez no veo a mi madre y a su delicioso pastel de queso. Esta vez veo la habitación en la que estaba, la sala de espera del dentista, pero… pero había algo que antes no estaba, y algo ha desaparecido. Lo que ha desaparecido es la puerta, y lo que ha aparecido ante mis ojos, en un mayor estado de lucidez, es una ventana, abierta y a través de la cual entra una luz tan atrayente como cegadora.

Me siento como una polilla que es atraída hacia la luz, me siento como ese insecto en estos momentos. Comienzo a acercarme a la luz y no lo dudo, no tengo miedo ahora. Es una sensación muy placentera. Ha desaparecido todo el desasosiego que me invadía, ahora estoy bien, realmente bien.

Espero llegar pronto al suelo. En la caída se te va todo el miedo, el miedo se va. Ya no importa nada, sólo el viento cortando tu piel, nada más.

Ya no abriré los ojos nunca más, pero mamá me estará esperando con su pastel de queso aún caliente.

Relato 12

Aquí estoy otra vez, y esta vez ante una escalera.

Nunca he subido una escalera. Nunca he tenido que subir una escalera, porque nunca me lo han permitido.

Realmente, no sé qué pasará en el momento que comience a subirla, y eso me inquieta.

Estoy nervioso, sí, lo reconozco. Por primera vez en mi vida voy a subir una escalera que parece que no se ve donde termina, no tiene fin.

No sé por qué, pero la verdad es que me tiemblan las piernas, y parece que no quieren responder. ¿Podré subir esa maldita escalera? Creo que sí, aunque no las tengo todas. Me parece una empresa imposible.

Comienzo a mover la pierna derecha, la tengo engarrotada, me cuesta horrores flexionarla, me cuesta aún más levantarla, pero debo hacerlo. Y me esfuerzo y me esfuerzo, pero el miedo parece ser más fuerte que yo y, al parecer, lo es.

La primera pierna ya está situada en el primer escalón, ahora debo levantar la pierna izquierda, y debo hacerlo con mucho cuidado, ya que no sé qué podrá pasar, tengo terror a lo desconocido. A saber lo que puede pasar, no quiero ni pensar en ello, pero comienzo a pensar en esto y me como la cabeza.

Me imagino que esa escalera nunca terminará, porque en realidad no tiene fin. La escalera comienza a hacerse cada vez más larga. Los escalones comienzan a estirarse, donde antes mi pie cabía con creces ahora sobra por los cuatro costados. Los escalones parecen haber aumentado. La escalera es ahora gigantesca, ciclópea, y yo me siento como una hormiga ante ella, o peor aún, me siento un grano minúsculo, me siento una mota de polvo, una partícula, me siento insignificante.

Me comienzo a sentir tan pequeño e inseguro que doy el primer traspiés y casi me caigo de bruces. Me reincorporo y sigo con el plan. El plan es subir la escalera, pero sigue siendo muy complicado para mí, tanto, que casi no puedo ni moverme del segundo escalón. «¡Segundo escalón! ¿Sólo?», pienso.

No me he movido lo más mínimo y el pánico comienza a instalarse en mí, ya ha amueblado la casa y parece que no se irá durante una temporada. Ahora sé lo que es temer algo, yo temo. Estoy aterrado, tanto, que no voy a poder moverme del segundo escalón, no podré continuar. Me siento inútil, muy inútil.

Consigo poner, a duras penas, el pie derecho en el siguiente escalón, tanta es la dificultad, que siento calambres en las dos piernas, mis músculos parecen estar en mi contra. Aprieto con todas mis fuerzas las dos mandíbulas, tanto, que me comienzan a doler, y consigo poner el pie izquierdo en el tercer escalón.

Cada minuto que pasa, el sufrimiento y la angustia que siento van en aumento. Duele de una manera indescriptible, y las piernas me flaquean. Miro a mi alrededor, sólo veo espacio sin final, un negro que me engulle, que me traga. No parece que pueda escapar de tal amenaza. Una amenaza invisible. Cierro los ojos para no ver cómo me va devorando la negrura, la oscuridad, y prosigo con mi misión, llegar al final de la escalera.

Con mucho ahínco, consigo poner el primer pie en el cuarto de los escalones de aquella escalera interminable, insondable, infinita. Lo consigo, y pongo el segundo en el mismo que hube colocado el primero. «Parece más fácil que antes…», me digo a mí mismo en un intento fútil por conservar la calma. Miserablemente, arranco un pie del cuarto escalón, y lo planto en el quinto, llevo casi tanto tiempo como para comenzar a echar raíces.

El reloj me avisa, llevo cerca de una hora luchando con aquella fiera escalera, estoy agotado. Mientras, veo como dos personas vestidas de blanco suben con total normalidad, hasta ir desapareciendo para finalmente diluirse con el negro. Asombrado, aunque algo asustado también, levanto el pie derecho y lo coloco en el siguiente escalón, y hago lo mismo con el otro pie. La gente de blanco sigue subiendo ante mis narices. Me parecen tan fuertes…

La escalera, entonces, comienza a acortarse. Ya veo el final, lo veo. Sólo me quedan diez escalones, podré lograrlo. Subo uno a uno todos los escalones que restan pero, al llegar, me doy cuenta de que la escalera ha desaparecido. Tan sólo veo un vacío terrible ante mis ojos. Tan sólo veo nada. No hay nada al final de la escalera.

La gente de blanco se lanza al llegar. Parece que están preparados; yo no. Yo tengo demasiado miedo a lo que no conozco.

Se precipitan sin descanso. Cada vez suben más y yo sigo aquí debatiéndome entre saltar como hacen ellos o no hacer nada de nada. No lo sé, estoy confuso.

Ahora se acerca uno de ellos a mí y me empuja, pero no al vacío, sino escaleras abajo. «¡Maldita sea! Ahora tendré que subir otra vez…», digo mientras vuelvo a quedarme atónito ante aquella escalera que parece no tener fin.